Los proyectos políticos prosperan o fracasan según la confianza. Cuando un movimiento pide a los residentes que crean en una visión a largo plazo —especialmente una tan ambiciosa como una mayor autonomía o independencia—, esta debe basarse en la honestidad, la transparencia y el respeto por las personas a las que dice representar.
Cualquier otra cosa lo coloca en la misma categoría que quienes han gobernado Orihuela durante décadas: un liderazgo que habla con grandes promesas pero ofrece poco contenido.
En las elecciones municipales de 2023, los vecinos de Orihuela Costa aportaron algo más de 1,800 votos a un nuevo proyecto político. Para un partido recién formado, ese resultado fue todo un logro.
Representó el primer paso de un largo viaje, el momento en que el tren partió de la estación. Nadie esperaba milagros, pero muchos anhelaban un progreso constante y responsable.
Por eso, la reciente afirmación de que el partido alcanzará 14,000 votos en las elecciones de 2027 no es simplemente optimista, sino matemática y políticamente ilusoria. Pasar de 1,800 a 14,000 votos representa un aumento del 678 %. Ningún estratega político serio presentaría semejante salto como realista.
Ningún liderazgo responsable ofrecería una cifra así sin un plan claro y basado en la evidencia que la justifique. Y ninguna organización que respete a sus partidarios los trataría como si no pudieran distinguir entre la aspiración y la fantasía.
Los residentes merecen algo más que promesas exageradas. Merecen líderes que les hablen como adultos, no como un público al que se deslumbra con cifras imposibles. Cuando un partido afirma que puede multiplicar su apoyo casi por ocho en un solo ciclo electoral, no proyecta confianza, sino que revela una desconexión con la realidad.
La independencia, la autonomía o cualquier forma de transformación política no se logran con atajos ni viajes al futuro. Se logran mediante un progreso gradual, construyendo credibilidad paso a paso, ganándose la confianza en cada estación del camino. La analogía del tren no es solo poética; es precisa.
No puedes saltarte estaciones. No puedes saltar del primer andén al destino final solo porque te sientas bien al decirlo. Todo residente que decide "subirse al tren" lo hace porque cree en la dirección, no porque le prometieron teletransportación.
El peligro de los objetivos poco realistas no es solo que no se alcancen. El peligro más grave es que erosionan la confianza. Cuando los residentes ven a un partido haciendo afirmaciones que no se ajustan a la realidad electoral, empiezan a cuestionar todo lo demás que dice el partido.
Se preguntan si los líderes son honestos con ellos, o incluso consigo mismos. Se preguntan si el proyecto se ha desviado de su propósito original.
Y en este caso, así ha sido. El cambio de la colaboración democrática a un estilo de liderazgo más rígido y vertical no ha pasado desapercibido. El silencio dentro del partido es elocuente. Cuando los miembros dejan de alzar la voz, rara vez es porque estén de acuerdo; es porque ya no creen que sus voces importen.
Un movimiento político que no puede tolerar el debate interno no puede afirmar con credibilidad que representa a una comunidad diversa.
Los residentes merecen un proyecto político basado en la verdad, la humildad y el realismo. Merecen líderes que comprendan que la independencia, si alguna vez se logra, se logrará mediante un trabajo paciente, disciplinado y gradual, no mediante grandes declaraciones desligadas de los hechos, ni gritando la palabra «independencia» como si fuera magia por barrio.
El camino hacia la independencia aún es posible. Pero solo será posible cuando la honestidad vuelva al centro de la conversación. Hasta entonces, el tren permanece atascado entre estaciones, no porque los residentes carezcan de fe, sino porque el liderazgo ha perdido el rumbo.
Tenemos problemas serios que resolver y necesitamos gente seria para resolverlos.












