Hace cuarenta y cinco años, el lunes 23 de febrero de 1981, España se enfrentó a su más grave amenaza a la democracia desde el fin de la dictadura de Franco en un intento de golpe militar conocido como 23-F.
Durante una sesión parlamentaria en directo para votar a un nuevo presidente del gobierno, el teniente coronel Antonio Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados con guardias civiles armados, disparando al aire y tomando como rehenes a diputados. Al mismo tiempo, elementos militares intentaron tomar el control en otras partes del país, sobre todo en Valencia, donde aparecieron tanques en las calles.
El complot pretendía frenar la transición democrática española e instaurar un gobierno autoritario de unidad nacional. Durante horas, el país aguardó en la incertidumbre mientras el destino de la nueva democracia pendía de un hilo.
El golpe fracasó tras un decisivo discurso televisado del rey Juan Carlos I, quien apoyó firmemente la Constitución y ordenó a las fuerzas armadas permanecer leales al gobierno democrático. Sin apoyo real ni militar, los golpistas se rindieron a la mañana siguiente.
No hubo muertos, pero la conmoción fue profunda. Tejero y otros conspiradores fueron posteriormente juzgados y encarcelados.
Tejero fue condenado en 1982 a 30 años en prisión por rebelión militar. Finalmente sirvió alrededor de 15 años y fue puesto en libertad condicional en diciembre de 1996.
Tras su liberación, llevó una vida en gran medida retraída y se mantuvo públicamente impenitente sobre su papel en el golpe fallido. Murió en octubre de 2025 a la edad de 93 años. en su casa en Valencia
El 23-F se convirtió en un momento decisivo, consolidando el control civil sobre el ejército y fortaleciendo las instituciones democráticas españolas. Sigue siendo un poderoso recordatorio de lo frágil —y resiliente— que resultó ser la democracia española.












