
No es raro leer sobre constructores que intentan estafar a la gente, especialmente a los ancianos; en los peores casos, las personas se encuentran en una situación terrible cuando el constructor se marcha con su dinero y el trabajo sin terminar.
Jamás esperé que algo así sucediera en este pequeño valle donde todo el mundo se conoce y sabe prácticamente todo lo que pasa, que un constructor intentara estafar a los ancianos.
En este caso, eligió a la pareja equivocada: dos profesionales que han dedicado toda su vida a llevar registros, yo mismo, como diseñador arquitectónico jubilado, conservando por costumbre registros de obras de diseño y construcción durante cinco años, hasta hace poco escribiendo una columna semanal de hasta mil palabras en el periódico Leader. Recuerdo los hechos con mucha claridad, permítanme explicarles lo que sucedió.
Durante una de las recientes tormentas, parte de nuestro muro de contención se derrumbó. Llamamos a esta empresa constructora, muy conocida en el valle. Me tienta mencionar su nombre aquí, pero no lo haré. Sin embargo, querido lector, si tiene curiosidad y desea saber su nombre, tal vez hayan intentado lo mismo con otros, envíeme un mensaje por WhatsApp y se lo revelaré.
Entonces llega el jefe de esta empresa y, antes de siquiera examinar el problema, dice: "No puedo empezar a trabajar aquí hasta que me paguen mil novecientos euros, lo que me deben por trabajos anteriores".
Me quedé atónito y lo miré con incredulidad. Cuando le pregunté qué trabajo había hecho, balbuceó algo sobre pintar la casa e instalar la piscina en 2006, además de colocar losas de pavimentación.
También dijo que había registrado la deuda y que cuando se vendiera la casa le pagarían; por supuesto que lo sabríamos, pero no ha sucedido.
Fuimos los primeros expatriados en vivir en este encantador lugar hace veintiséis años. Recuerdo cuando llegó la constructora y les imprimimos tarjetas de visita; era un pequeño negocio que teníamos cuando llevábamos aquí siete u ocho años.
La casa unifamiliar que compramos en aquel entonces era prácticamente nueva y hemos vivido en ella desde entonces, salvo por algunas zonas que necesitaban un arreglo realizado por Saul, nuestro manitas que lleva con nosotros unos dieciocho años. Se trataba principalmente de manchas de humedad y, en una ocasión, un niño pequeño pintó una pared con ceras. La casa nunca se ha pintado, aunque nuestro querido Ken, que nos dejó hace nueve años (que en paz descanse), sí decoró el techo del salón en 2008.
Todavía conservamos el recibo de la piscina y su construcción por parte de una empresa llamada Hienz, que instaló a su equipo y vivió en una caravana en el lugar mientras realizaban los trabajos en octubre de 2001.
Podemos mencionar a otros que también han trabajado y a ninguno se le ha pagado. De hecho, en ese período, el pago se realizaba los viernes por el trabajo realizado esa semana.
Nos ocupamos de los asuntos financieros diarios y, por costumbre, pagamos puntualmente cualquier factura que se nos presenta, sin esperar hasta fin de mes, sino puntualmente... no le debemos nada a nadie.
Les escribimos a esta constructora solicitando información detallada sobre el dinero que, según ellos, les debíamos. Si estuviéramos de acuerdo, les pagaríamos. Eso fue hace tres meses y no han respondido. En otras palabras, su reclamo es una estafa. ¡Cuídense!












